Amaneceres
July 7th, 2009 Posted 1:02 am
Despertó exaltada. Había estado perdida en un sueño profundo. Respiró con alivio un momento cerrando los ojos otra vez, y cuando volvió en sí, deslizó su gris mirada por la habitación hasta encontrarse con el reloj. Marcaba las 7:23 a.m., era tarde. Las nubes del cielo impidieron que su reloj biológico se activara como correspondía en repuesta a los rayos de sol que entraban a diario, atravesando tímidamente las cortinas púrpuras para terminar besando el espejo que cada mañana esperaba impaciente y nervioso la aparición de la silueta femenina frente a él, para ver si esta vez podría darle alguna señal de advertencia.
“¡7:23!”, murmuró abriendo sus verdes ojos asustados y se levantó inmediatamente. Buscó su ropa, una toalla, sus zapatos, su estuche de maquillaje: En 15 minutos estaría lista. Antes de salir de su habitación se detuvo frente al espejo un segundo observando su reflejo con inquietud, algo no le parecía. Algo debía recordar; qué más, qué falta: No falta nada. Qué estás dejando en el olvido. Siguió caminando en dirección al baño. El apuro no le permitía escudriñar su mente más allá de las sensaciones rebeldes.
Se duchó de manera mecánica y de igual manera se vistió, se arregló el pelo, se maquilló, se puso el par de aros que le traía suerte. Tomó sus llaves.
Era un día importante. Pero el ambiente era confuso, no tenía aires de ser un día bueno. Algo entorpecía ese sentimiento innato de que las cosas saldrían bien. Sugestión, sí, lo más probable.
Se vistió para la ocasión: Una falda negra lo suficientemente corta para no ser pasada por alto pero lo suficientemente larga para dejar volar la imaginación, pantys, zapatos de taco alto, una blusa que la hacía ver más estilizada y un largo abrigo también negro. Hubiese querido no llevarlo, pero la neblina presagiaba un frío panorama. Al respirar se sentía cómo el aire helado penetraba en las fosas nasales, de esa manera tan molestosa para quienes no disfrutan de las primeras heladas de Julio.
Salió de su casa. La calle esperaba desesperantemente solitaria. Parecía que el tiempo se había congelado y era ella la única a la que no se le había avisado al respecto. Titubeó antes de cerrar la puerta, cerró los ojos. Se llevó la mano izquierda al rostro con la seguridad de encontrar narcóticos calmantes en las yemas de sus dedos, murmuró una oración y luego se aventuró en un nuevo día en el que nada parecía encajar. El sabor del aire, el frío: La mañana completa estaba hecha de pedazos de otras mañanas unidas que difícilmente podrían haber sido partes de días de una sola estación del año. Tenía mucho de otoño, invierno, primavera y verano escondido detrás de cada destello de sol ausente, de cada hoja que bailaba en cámara lenta movida por un viento amargo, pincelado de café con crema y sin azúcar.
El eco de los tacos interrumpió lo abstracto de la mañana dadaísta. El silencio secuestraba su sonido llevándoselo hacia el cielo grisáceo para que no entorpeciera la extraña armonía de tal maravilloso paisaje. Fascinada, la dueña de los pasos no notaba que no estaba invitada a ser parte de él.
Al silencio comenzó a incomodarle la situación y no esperó para hacerlo notorio. Su rencor comenzó a inundar las calles, las veredas, árboles y cada pedazo de ciudad erguida, hasta alcanzarla. Cuando lo hizo, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Sintió que la observaban. Nunca su destino había estado tan lejos, pese a que la distancia era la misma. Apretó los puños nerviosa y apresuró la marcha.
El silencio no pudo tolerar lo que para él era un atrevimiento, pues el sonido de los tacos se volvió más denso. Al rencor regado por doquier se le sumó la ira que lentamente iba pintando el cielo de rojo. Partió coloreando desde la superficie un delicado rubor a cada cosa que se le cruzaba, y conforme se iba elevando, el matiz se ensombrecía sutilmente. Qué sucede, qué está pasando… La piel erizada, los latidos del no bienvenido corazón aumentaban y la ira comenzó a amenazarla. Respira, respira profundo, ya, ya falta poco. Dobló hacia la izquierda en un pasaje por el cual nunca había caminado antes intentando escapar, aunque no podía y lo sabía. Las ondas sonoras repercutían más fuerte entre las murallas de los viejos edificios porque ya estaban llenos de sonidos nocturnos de más de mil noches y no había espacio para pasos mañaneros.
El cielo rojo de ira comenzó a desteñirse con la misma lentitud con la que fue pintado y apareció el odio que ennegreció el paisaje completamente en un par de segundos.
El silencio había enloquecido. Su odio se condensó con ayuda del frío, el cual cobró la forma de una enorme sombra humana. El viento le ayudó a moldearlo y a trasladarlo, el molesto sonido lo alimentaba.
Ella sintió una baja enorme de temperatura, luego se percató de que algo la perseguía y se le acercaba rápidamente. La calle había perdido completamente la amabilidad que tuvo en su comienzo y ella se había perdido completamente. Sus piernas le tiritaban. El no saber qué hacer le hizo derramar un par de lágrimas mudas. Miró de reojo hacia atrás y lo que vio la aterrorizó. Tragó saliva, cerró los ojos con toda la angustia acumulada en las pestañas, dobló en la primera esquina a la derecha y se echó a correr lo más fuerte que la adrenalina se lo permitió. El odio del silencio corrió tras ella. Crecía cada vez más. Ya estaba todo perdido, no, no, era inútil seguir intentando escapar. Se estaba dando por vencida. No, ¡déjenme en paz! Al primer suspiro de la resignación, trastabilló y cayó al suelo rendida. El corazón saltaba muerto de miedo con ganas de salir y llorar por cuenta propia. El odio del silencio quería hacer justicia; una simple mortal casi extingue el orden único de la mañana perfecta. Y justo cuando estaba a punto de cantar victoria, se oye de su boca un grito que fluyó desde el fondo de su pecho, tan sonoro que estremeció al mundo entero. El grito puro y desgarrado que parecía eterno hizo llorar de rabia a las nubes, rugir al viento y aturdió al silencio.
De un soplido el viento volteó a su víctima-verdugo para mirarla a la cara, el odio comenzó a ahorcarla. El grito se debilitó lenta y lastimosamente hasta extinguirse. Apagado ya, todo comenzó a tranquilizarse, la lluvia comenzó a hacer su retirada y también el viento. El cielo recuperaba su color incomprensible, la niebla bajó ahora sin miedo. La paz volvía a reinar, todo producto de un silencio celoso e intolerante. Ella observaba los cambios y mientras las imágenes se tornaban borrosas, la sombra negra empezaba a degradarse y a difuminarse junto a todo el resto del paisaje, entendió recién a qué se estaba enfrentando. Comenzó a sentir cosquillas en las piernas y en los brazos, se desvanecía, ya no le quedaban fuerzas. Estaba por dar el último suspiro, miró el paisaje sabiendo que sería lo último que vería, cerró los ojos y sintió que su cuerpo caía y caía en un profundo abismo. Sintió un calor horrendo que se iba intensificando. Aterrizó, dio un salto, abrió los ojos. Despertó exaltada. Había estado perdida en un sueño profundo. Respiró con alivio un momento cerrando los ojos otra vez. Cuando volvió en sí, deslizó su gris mirada por la habitación hasta encontrarse con el reloj. Marcaba las 7:23 a.m. Era tarde. Las nubes del cielo impidieron que su reloj biológico se activara como correspondía en repuesta a los rayos de sol que entraban a diario, atravesando tímidamente las cortinas púrpuras para terminar besando el espejo que cada mañana esperaba impaciente y nervioso la aparición de la silueta femenina frente a él, para ver si esta vez podría darle alguna señal de advertencia…


